viernes, 17 de octubre de 2008

Gran Hermano a domicilio


Una mano extendida que sube y baja lentamente por el marco de la ventana, recién está amaneciendo y esa mano es lo primero que percibo al entreabrir los ojos. Cuando le doy sentido a la imagen me incorporo inmediatamente frotándome uno de los ojos y empiezo a divisar el perfil de un hombre. "Hay un tipo en la ventana!" y en vez de pegar un grito para que Fede haga algo (?), me paralizo, me quedo inmóvil y de a poco me calmo porque comprendo que el hombre de la ventana no esta intentado abrirla ni mucho menos entrar a la casa, simplemente esta pintando el marco.
Me quedo en silencio por un rato y escucho que empieza silbar una canción, luego pasa otro tipo y le pregunta algo, este responde en voz alta sin la más mínima consideración de que son las siete cuarenta de la mañana. Fede gira en la cama y se despierta, entreabre los ojos, divisa una imagen y me mira diciendo "hay un hombre en la ventana" y yo le respondo "es el tipo que pinta". Volvemos a acomodarnos con una enorme actitud de querer conciliar nuevamente el sueño, entrecerramos los ojos y de a poco vamos cubriendo de negro la imagen que vemos a través del vidrio.
Al rato, otra vez el hombre de la ventana alza la voz y pide algo a otra persona. Mierda, una vez más abrimos los ojos, cuando se calla, volvemos con fuerza a concentrarnos en una hora más de sueño o aunque sea solo treinta minutitos, pero esa ilusión se hace trizas porque escuchamos literalmente el ruido de un ta-la-dro, esta vez nos sentamos sobresaltados en la cama, si no fuera porque están del otro lado pareciera que el taladro esta justamente en el centro del colchón. Mierda, no hay forma, no se puede dormir ni siquiera cinco minutos más.
La mañana empieza con la refacción del edificio como despertador oficial, nos levantamos resignados y al pasar de una habitación a otra nos sentimos como en una vidriera, absolutamente expuestos. Hay un grupo de hombres apropiándose de nuestro balcón, han corrido las plantas, las cajas, la silla y están instalados, solo les falta tomar alguna cerveza del cajón que Fede cuida celosamente. En la cocina hay un hombre encuadrado en la ventana y nos mira mientras preparamos el desayuno, no interactúan, no nos preguntan siquiera que tal dormimos, no nos dan la oportunidad de responderles que nos truncaron el sueño.
Van y vienen con sus cosas, hablan entre ellos y de paso son espectadores gratuitos de nuestras rutinas, de nuestra casa, de nuestra vida. Al parecer la cosa va para largo, asi que de a poco nos vamos acostumbrando y ahora cada mañana cual telón de teatro las cortinas de la casa se abren a nuestro selecto público trabajador.

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